
Ninguna otra noche del año despierta tanta expectación. Ninguna otra noche es tan amada y tan odiada al mismo tiempo. A escaso mes y medio, la tan temida pregunta ya empieza a circular: ¿y tú, qué vas a hacer en nochevieja?.
Aunque uno pretenda evitarlo, no es nada fácil desprenderse de ese pensamiento. Ya que todo te remitirá a eso. Hasta las farolas y los semáforos del país, ya que poco a poco, vamos a comprobar cómo éstos se van llenando, de cartelitos de venta de entradas.
Unas entradas, por cierto, que como si de acciones se tratara, verán oscilar su precio en función de la demanda y el tiempo, y las cantidades que se pueden llegar a alcanzar, bien merecerían un post aparte.
En definitiva, parece que si no te lo montas a lo grande eres un muermazo y un sosainas. No se puede tratar “la noche” como una más. Hay establecida una norma no escrita, por la cual es obligatorio pasárselo como nunca la madrugada del 31 de diciembre.
Y a mi personalmente, no me gusta que nadie me diga cuándo debo hacer qué cosa. Y más si encima de decírtelo, te obligan a llevar un trajecito, y a soltar un centenar de euros por la entradita. Ya sabes: “Es que es nochevieja”.
Tengo bastante claro, que al final las noches más improvisadas , y más casuales, resultan ser las mejores, y las que más recordamos, pero también tengo bastante claro que en algún fregado acabaré metido, quiera o no.
Fotografía | Flickr de Lightwerk


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