
Para ser un “clubber” como Dios manda, es imprescindible sentir aversión por las fiestas patronales. Y sobre todo, decirlo muy alto, para que todo el mundo se entere de que tú no eres de ferias estivales sino de raves, a tí no te gusta King Africa, el único rey que conoces es Richie Hawtin.
Pero el caso es que verano tras verano, allí estamos todos, sintiendo el olor a churros grasientos, bebiendo calimocho, montando en los coches de choque, dándole fuerte a los bocadillos de panceta.
Después pasamos al whisky y finalmente nos dejamos llevar: las peñas, los borrachos del pueblo, Paquito Chocolatero, las congas interminables. Y la cara de desazón que pones cuando tus amigos te dicen “hey, éste finde hay fiestas en el pueblo de al lado” te va cambiando paulatinamente… Quizás hasta acabes bailando con tu madre, o mejor aún, despertándote en una cama que no es la tuya.
Al día siguiente le quitas importancia a la noche: jamás se lo contarías a tus compañeros de clubes y festivales, y por otro lado tu ego te impide preguntar cuándo son las siguientes fiestas. Qué contradicción más grande. Si tanto sufres, ¿Por qué estás deseando volver?


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